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viernes, 22 de abril de 2022

Mucha suerte con tu suerte

Una viandante de edad próxima a la mía y aspecto desenfadado a la que acabo de conocer hacía semáforo y medio,  me desea: "Mucha suerte con tu suerte", tras ver dos minúsculos puntitos blancos de excremento de paloma sobreimpresos en una de mis botas negras de lona

Ella se ha librado por medio milímetro de ser bautizada a lo grande y, hablando de si, en realidad, el haberse zafado de aquella caca era o no señal de buena fortuna, me explica su mala buena suerte de aquella tarde: "he rechazado un trabajo porque ni las condiciones ni el horario eran muy aceptables; No sé, a lo mejor he hecho mal, pero es que si acepto algo así, ¿cómo voy a lograr atraer hacia a mí cosas realmente buenas?"

Feliz noche de los libros

 

 


miércoles, 28 de julio de 2021

¿Plato hondo o llano? (Serie platos)

"¿Plato hondo o llano?" —(me) sigo preguntando indefectiblemente aún hoy, a menos que quede meridianamente claro que habrá potaje o sopa.
 

Esta frase ha resonado alto y claro toda la vida en casa de mis padres de boca del encargado de turno que ponía la mesa mientras se dirigía al armario escurreplatos. Una vez allí se plantaba delante, lo abría, y esperaba sin osar poner las manos en ellos mientras no escuchara una respuesta que despejara la disyuntiva.  
 

Y es que, poner el plato adecuado no era una cuestión menor. 

Al contrario que hoy, donde un plato hondo puede hacerse el sueco* y pasar por uno llano sin levantar demasiadas sospechas, en aquél entonces los platos hondos de nuestra vajilla eran muuuuy hondos y los llanos demasiado planos, así que no había término medio.

 


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*Nótese aquí la ambigüedad del término sueco, por un lado, sería, sensu stricto, hacerse el tonto como denota la expresión hacerse el sueco https://www.muyinteresante.es/cultura/arte-cultura/articulo/icual-es-el-origen-de-la-expresion-hacerse-el-sueco, y, por otro, sueco entendido como gentilicio metonímico, en alusión a Ikea.  



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jueves, 19 de septiembre de 2019

Pecera eléctrica

Decido vaciar de caracolas gigantes
la pecera redonda de cristal.
Todas ellas encierran 
recuerdos entre sus paredes de nácar:
unos mudos y otros...
...otros siguen siendo susurrados sin cesar.
Ahora es una pecera eléctrica
que brilla con luz propia
por efecto de la girnalda
de leds de colores
que he colocado en su interior.
Y solo queda sumida en las tinieblas
con un simple toque 
de interruptor.

jueves, 29 de agosto de 2019

Puntos neurálgicos

Desde las entrañas casi vacías de un bus
que me lleva Castellana* abajo,
veo desfilar ante mí
edificios que siempre están ahí,
pero que ahora, de pronto, 

recobran su particular sentido;
Como el hotel C., donde recibí de niña el primer

premio de mi vida
en un concurso de ilustración,
o el edificio G., donde trabajé 

para el director general
de una empresa alemana.

Y a la vez
veo transitar por la calzada coches tan diferentes
a los que circulaban hace años,
y, al mismo, tiempo tan iguales
(fruto del afán de las marcas por sacar modelos con tirón
muy parecidos).

Y, hasta veo de pasada

entre las ramas de un frondoso pino
en una isleta en medio del tráfico,

un disfraz de Spiderman primorosamente
tendido,

como un respetable uniforme de trabajo
que ha de ser usado al día siguiente.

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*Castellana: Paseo de la Castellana, una de las arterias neurálgicas que cruza Madrid desde la plaza  de Castilla hasta la plaza de Colón. Para consultar datos interesantísimos acerca de esta calle: https://www.traveler.es/viajes-urbanos/articulos/11-curiosidades-que-debes-de-saber-sobre-el-paseo-de-la-castellana-en-madrid/5136

miércoles, 12 de junio de 2019

No vaya a ser que

Aquél día 
vestido de miércoles ramplón
ella acude de buena mañana al centro de salud
por un molesto cuadro de alergia primaveral.
Cuando le llega el turno,
-a pesar de estar muy acostumbrada ya a ver a su médico de cabecera sin la preceptiva bata, dejando al descubierto tupidos tatuajes bajo apretadísimas camisetas-,
no sale de su asombro
cuando lo tiene ante sí vistiendo una ajustada camisa
de impoluto encaje blanco hasta las muñecas. 

Y esa estampa fugaz la transporta con una punzada
-embotada como estaba por el inmisericorde cuadro primaveral-
veinte años atrás.
Sí, justo veinte años hacía de este día,
de aquella fecha
en la que
quien vestía de blanco y encaje era ella
por el día de su boda.  
No vaya a ser que
cayera en el olvido.



sábado, 30 de diciembre de 2017

Sin noticias de

De pronto, en mitad de una distendida charla
durante la comida en el restaurante,
Peter deja aparcado el tenedor
en el plato por un instante y,
haciendo gala de una serenidad e ironía pasmosas,
lanza una batería de interrogantes envueltos en su marcado acento alemán:
"¿Por qué será que C. no llama?",
"Porque", prosigue,
"lo normal es que cuando alguien se marcha de viaje,
llame, ¿no?"
"Pues eso, para decir que ha llegado bien y saber cómo va todo",
"Pero nada, que no sé que pasa que ya han pasado
casi cinco meses y ella no llama".
Al final, estas dosis de mordacidad en torno a la partida de su difunta esposa,
le pasan factura
y conducen a los enormes y cansados ojos azules de Peter
al llanto.
Entonces, la fluida y animada conversación se paraliza.

Solo un puñado de recuerdos acuden tímidamente
al rescate portando carteles "agradables"
en sus efímeras manos
y dejando tras de sí un pequeño
reguero de sonrisas
forzadas.


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viernes, 27 de octubre de 2017

Nueva era

Ella visitaba una exposición
conmemorativa del 90 aniversario
de la compañía Iberia,
cuando se topó
con una imagen inconfundible
que la catapultó
-de pronto-
a aquella inolvidable campaña de saturación 
llamada "nueva era".
Por aquél entonces, esa imagen,
presente por tierra, mar y aire,
tenía como únicos protagonistas
a un tropel de adorables recién nacidos
-a cual más sonriente- a bordo de un avión
surcando el cielo.


Ese mismo cielo
que poco antes acababa de acoger en su seno 
a un inesperado y diminuto pasajero sin nombre
ni rostro,
que, inexplicablemente, 
había abandonado la cabina materna
antes de tiempo.


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lunes, 16 de octubre de 2017

Ropa de cama (segunda parte)

Ella esperó
a que las voces se alejaran suficientemente
por la escalera hacia la planta baja.
Después se fue directa al armario de la limpieza,
sacó un par de guantes y unas bolsas 
de basura gigantes
-donde cupiese toda aquella asquerosa situación de mierda-
y se puso a tirar aquel preciado juego de cama
estampado 
junto con el pijama y todas las prendas -de su hasta ahora marido-
que iba encontrando. 
A la hora prevista recogió a sus dos retoños del colegio;
por el camino, en el coche, les dijo que su padre 
no volvería más. 
Una vez en casa cerró la puerta tras de sí.
Aquella noche, y las siguientes, durmió en el cuarto de invitados.
Prefería verse ahora como huésped
de un hogar
donde habitó un ser egoista y sin escrúpulos 
que le dejaba como regalo, aparte de los niños,
de los que, por cierto, nunca quiso volver a saber nada,
una vida hecha pedazos.

Dedicado a S. M. 


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miércoles, 10 de mayo de 2017

Tata: la foto de principio y fin

La foto en blanco y negro
está tomada
junto a la puerta de la casa familiar de la novia,
-en cuyo dormitorio principal acaba de celebrarse la ceremonia-.
La joven esposa, -y su ya flamante marido-,
posan junto a cinco de sus seis hermanos;
El sexto, es el encargado de inmortalizar el instante
con la cámara.
Para ser un día de finales de diciembre
hacía un sol deslumbrante, tanto, como para convertir
al astro en responsable de los extraños gestos en las caras
de todos los hermanos. 
Sin embargo, la realidad es que los pequeños miran a la cámara desolados
y los mayores, muestran un semblante cabizbajo.
La foto revela, solo en apariencia, que se trata de un día festivo.
Pero en el fondo
hay poco que celebrar, el ambiente de consternación 
es más propio de un velatorio
que de una boda:
por un lado, la extrema gravedad del padrino
ha obligado a celebrar la ceremonia dentro de la casa,
y por otro, el enlace supone el momento
de la abrupta separación de su querida "Tata",
la novia, que abandonará el pueblo esa misma tarde
hacia la capital para empezar una nueva vida junto a su
marido.


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jueves, 30 de marzo de 2017

El letrero de salida

Por tanto, aquella niña nunca vio morir
a ninguna de sus mascotas;
Tan solo desaparecían así, de su vista, de un día para otro,
o se esfumaban en el aire por arte de magia.
El fallecimiento de su abuelo* paterno
-cuando contaba 11 años-
fue el adusto encargado de señalarle por vez primera el desangelado letrero
de SALIDA de los confortables dominios de la infancia.
Poco después,
la fuga de su pájaro y la muerte de su querida abuela
le "invitaron" a abandonar definitivamente aquellos confines,
y fue entonces, cuando la niña supo, por una extraña razón que solo conocen los desterrados,
que ya nunca regresaría a aquella patria chica.

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 *El 21 de diciembre, nada más conocer la noticia del fallecimiento, sus padres se marcharon a toda prisa, y la niña acudió sola a la fiesta de Navidad para recitar de memoria dos complicados poemas ante un público extraño -como si nada  pasara-. 

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viernes, 24 de marzo de 2017

Mascotas (tercera parte)

La mascota por antonomasia
que durante más tiempo
tuvo aquella niña,
fue un vivaracho verderón, llamado Currichi,
regalado por su abuela paterna cuando era casi un bebé
y que la acompañó hasta que cumplió catorce años.
La desaparición del pájaro fue inesperada.
Un repentino y accidental golpe
acaecido junto a la jaula,
espantó al pájaro de tal manera,
que, tras un fuerte aleteo, salió disparado a través de unos barrotes de la jaula
que estaban dados de sí.
La niña creyó que el pájaro regresaría
enseguida al escuchar sus llamadas,
desde los frondosos árboles que había justo enfrente de la terraza.
Silbó y lo llamó hasta quedarse sin aliento
una y otra vez, incluso durante los días siguientes.
Pero todo fue en vano: Currichi nunca volvió.
Incluso probó a dejar alpiste y agua como reclamo
en varios puntos exteriores de la terraza,
pero siempre acudían otros pájaros a darse el festín y luego se
marchaban.
La mayor inquietud que sobrecogía esta vez a la niña
era pensar que no sobreviviría allá afuera por sus propios medios
después de tantos años domesticado.
Aunque sus padres la consolaban
diciéndole que al fin

había conocido la libertad
y que, al menos, no había tenido que vivir el doloroso momento de encontrárselo muerto un buen día dentro de la jaula.


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martes, 21 de marzo de 2017

Mascotas (segunda parte)

Tras varios años de sequía mascotil
llegó un pollo teñido de rosa,
al que la niña, de nueve años cumplidos,
llamó Pinky -por razones obvias-
y López, en atención a la línea materna de su propio apellido.
El pequeño pollo
hizo un largo viaje en autobús desde Cantabria
escondido en el abrigo de su joven dueña
para evitar ser interceptado y confiscado por la señorita Rottenmeyer 
que dirigía las colonias de verano*.
Una vez en casa,
el animalito fue ubicado en la terraza,
donde no tardó en picotear cada planta
y escarbar con ahínco la tierra de las macetas.
Desde el minuto uno, la niña creyó conveniente
que Pinky aprendiera a volar por seguridad,
para que, en caso de accidente,
sobreviviera a una terrible caída desde un cuarto piso.
El entrenamiento consistía en dejarlo descender
suavemente desde la palma de su mano al suelo
aumentando cada vez la distancia
de manera progresiva.
Pero la temida caída no se hizo esperar.
Por suerte, el pollo estaba ya lo suficientemente entrenado
en las artes volatorias y salió ileso del percance;
Aunque la niña tuvo que arrebatárselo a los chicos que lo habían encontrado en la calle
y que pretendían quedárselo,
pero, tras el irrefutable picotazo de alegría
que propinó el pollo a la niña en el labio,
los niños se apresuraron a devolverlo de inmediato.
Después de aquello Pinky López estaba empezando a perder
el tinte de sus plumas, esto es, a crecer vertiginosamente,
y, de un día para otro, desapareció.
La versión oficial facilitada en este caso
también tuvo que ver con que Pinky habría sido llevado a una paradisíaca granja,
y de nuevo la niña pensó en el idílico país de los pollos.
Pero lo cierto es que, la escabechina que acontecía en la terraza a diario
con las macetas patas arriba
y el suceso de la caída y el posterior picotazo en el labio (aún perceptible al cabo de los años)
que podía haber sido en el ojo...
fueron determinantes para que sus padres pensaran
en pasar a prescindir del pollo a perpetuidad.
 
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*Colonias de Cóbreces. Prácticamente dos de cada tres niñas habían adquirido aquél verano, a precio de saldo, un pollo teñido de algún color para llevárselo escondido de vuelta a casa a fin de evitar que fuera interceptado y confiscado durante el viaje.

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lunes, 6 de marzo de 2017

Mascotas (primera parte)

Aquella niña nunca vio morir
a ninguna de las mascotas que la acompañaron
durante su infancia.
El primero en aparecer en escena
cuando ella contaba cinco años,
fue un precioso y suave conejo blanco.
Pero, repentinamente, "Copito" desapareció
de un día para otro.
Según la versión oficial, apta para todos los públicos,
un vecino se lo había llevado a una finca
que tenía en el campo.
Y la niña, aunque triste por la terrible pérdida,
se consolaba imaginando que su blanco amiguito
viviría en el país de los conejos y que podría saltar
y correr a sus anchas en compañía de sus congéneres.
Según la versión real, digerible solo para padres,
el conejo estaba creciendo a ojos vista,
y empezaba a ser un gran problema en un piso pequeño.
Y sí, un solícito vecino se lo había llevado,
pero para hacerse con él un exquisito guiso.


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jueves, 1 de diciembre de 2016

Patas arriba

Las mujeres pertenecientes a aquella familia
cada vez que tenían que poner orden en un simple cajón
o balda (de sus respectivas casas),
se veían extrañamente empujadas
a vaciar el contenido del armario entero;
Es más, incluso podían llegar a empantanar la casa de arriba abajo.
Y todo ello movidas
por un extraño sentido del orden
ancestralmente adquirido
-que, curiosamente, todas ejecutaban por igual-,
y en virtud del cual,
colocar una parte
sin poner todo patas arriba antes,
era completamente inusual.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

La del abrigo blanco

Ella siempre ha dicho que, durante años,
en el barrio al que se mudó cuando vino recién casada del pueblo,
las vecinas la conocían como "la (señora) del abrigo blanco".
Este era el color y la prenda que invariablemente solía vestir
cuando hacía buen tiempo y tenía que ir de un lado para otro.
Ella, provista de primorosas manos para hacerse las mejores ropas
que puedan caber en un fondo de armario, no podía invertir en ello
ni un ápice de tiempo;
Se pasaba el día bordando ajuares a vecinas, conocidas, 

amigas y primas, apuntalando así la modesta economía doméstica
formada por un discreto sueldo de empleado de banca para cinco miembros de familia.
Del mismo modo, cuando llegaba el mal tiempo,
era conocida como "la del abrigo negro",
prenda proveniente de sus suegros como parte del "regalo" de pedida.

Bajo esa alternancia de abrigos, ella vestía ropa económica
-pero francamente duradera-
adquirida en el glorioso y extinto COEBA*.
Eso sí: "en los ratos perdidos" ella confeccionaba los más bellos trajecitos y vestidos imaginables
no solo para sus hijos
sino también para sus muñecos.

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*COEBA: Cooperativa de Empleados de Banca. Cooperativa madrileña que comercializaba en su red de tiendas todo tipo de mercancías de consumo. Creada en 1974, presentó suspensión de pagos en 1984.

 http://elpais.com/diario/1984/05/17/economia/453592803_850215.html



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jueves, 1 de septiembre de 2016

Pisando el arcoiris

Al pequeño J. -de siete años-
le cuesta horrores meter la cabeza bajo la ducha.
Bucear y nadar en la piscina
es una de sus mayores pasiones,
pero otra cosa bien distinta es,
ducharse después.

Si es de paso obligado cruzar  por la zona de duchas
para accedera al vaso de la piscina,
él intentará colarse por un atajo;
Y, en caso de ser interceptado,
pasará corriendo -como alma que lleva el diablo-
bajo la temida alcachofa.

Al salir del agua, tres cuartos de lo mismo.
Pero como esta vez tiene que permanecer bajo el chorro más tiempo
-por prescripción maternal-
para quitarse bien el cloro, se queda ahí completamente rígido y espeluznado,
dando unos alaridos terribles
como si sobre su cabeza tuviera clavada una nube de lluvia ácida...
Tal es el drama.

Un precioso día de verano, en la piscina municipal del pueblo
al salir del agua, la tropa familiar ya había abandonado la zona de duchas.
J. se quedó rezagado con su tía, que iba probando el agua de los diferentes grifos
para ver cuál estaba más caliente y hacerle así más agradable el mal trago al pequeño
cuando se topó con el arcoiris.
-¡¡¡J. corre, ven!!! -exclamó entusiasmada su tía-, ¡¡¡en esta ducha se ve el arcoiris!!! 
El niño se colocó junto al chorro pero no veía nada.
-Tienes que meterte, J, si no, no se ve. Para ver bien el arcoiris no hay más remedio que mojarse.
Pues bien, dicho y hecho. J. se metió ni corto ni perezoso bajo el chorro de la ducha
mirando extasiado a su alrededor el precioso arcoiris que nacía de sus pies y subía rodeándole en forma de precioso tirabuzón multicolor.

Y ahí permaneció J. un buen rato tras aquella sorprendente cortina
hasta que el viento comenzó a desperdigar con sus ráfagas
las franjas de colores y
a hacer que su cuerpo temblara de frío. 

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martes, 12 de julio de 2016

Una verdad irrefutable

En una noche de verano
de esas en las que
el cielo abre el telón
para representar el formidable espectáculo de 
las Perseidas,
el patio de la casa del pueblo
se convierte entonces en el patio de butacas perfecto.
Para contemplar tan genuinamente veraniega
exhibición estelar 
la familia toma asiento
al aire libre
Con la mirada concentrada
en el infinito y deseando pronunciar la frase
"he visto una".
Que se hace esperar,
Y de pronto, va pasando saltarina de boca en boca.
Hasta que llega el turno del pequeño M.,
quien tras haber presenciado el acontecimiento
se levanta y empieza a correr extasiado por el perímetro del patio
con los brazos en alto y las manitas abiertas llenas de júbilo.
Entonces se para en seco frente a su abuela
Y exclama con la convicción propia de quien acaba de presenciar un milagro:
"¡¡¡¡Abuela, las estrellas están vivas!!!! Safe Creative #1701310484632

miércoles, 30 de marzo de 2016

Abandonos



Una imagen de antaño

proyecta el fortuito encuentro entre dos parejas:

El marco, un restaurante perdido

en una frondosa y conocida localidad del norte,

A los dos jóvenes matrimonios -que se conocían de vista, de la gran ciudad-

les lleva tan solo unos segundos saludarse efusivamente,

y dedican el resto del rato a ponerse al día:

uno de los matrimonios está recién casado

y el otro, tiene dos niños pequeños.

Enseguida intercambian los teléfonos.

El del padre de familia, sin duda, era un teléfono peculiar, a tener en cuenta

para un futuro lejano,

pues, no es habitual conocer a alguien que trabaja en el

departamento de decesos de una compañía.

A los pocos años de aquello,

una de las dos esposas recordó amargamente aquél -otrora bello- encuentro e hizo uso del insólito contacto

por el fallecimiento menos pensado:

el de su marido.

De otro lado, la otra mujer sufría su infierno particular:


su cóyuge la abandonaba, sin más,

a ella y a sus retoños,

para incorporarse de facto a otra familia

con hijos.