Cada vez que viento la susurra
al oído,
la fuente va desprendiéndose
de los más finos collares
que componen su pétreo joyero.
Cada vez que viento la susurra
al oído,
la fuente va desprendiéndose
de los más finos collares
que componen su pétreo joyero.
Una viandante de edad próxima a la mía y aspecto desenfadado a la que acabo de conocer hacía semáforo y medio, me desea: "Mucha suerte con tu suerte", tras ver dos minúsculos puntitos blancos de excremento de paloma sobreimpresos en una de mis botas negras de lona.
Ella se ha librado por medio milímetro de ser bautizada a lo grande y, hablando de si, en realidad, el haberse zafado de aquella caca era o no señal de buena fortuna, me explica su mala buena suerte de aquella tarde: "he rechazado un trabajo porque ni las condiciones ni el horario eran muy aceptables; No sé, a lo mejor he hecho mal, pero es que si acepto algo así, ¿cómo voy a lograr atraer hacia a mí cosas realmente buenas?".
Feliz noche de los libros
Si hay un término que defina la vajilla
apilada en mi cocina para uso diario,
ese sería, sin duda, singular.
Y es que cada plato, debe ser como requisito de partida, diverso y único.
Los más curiosos proceden de viajes o fueron adquiridos en ferias
y, aunque no guarden relación unos con otros, ni se entiendan
unos sin los otros, siempre se acaban compenetrando.
Esta loza mía, impregnada de peculiares formas, texturas y
colores, tiene el don de hacer que los alimentos
albergados parezcan ya exquisitos
desde su puesta en escena.
En mi vida anterior los platos eran más bien integrantes de un
batallón: todos igualitos e impecables. Ninguno se salía de lo común,
Siempre alineados en perfecto estado de revista en un mueble expositor,
siguiendo una misma estética, guardando celosamente las apariencias.
Cuando mi situación vital sufrió un repentino vuelco
también lo dio la vajilla.
Ya no hubo más mueble expositor de vajilla
sino una desenfadada acumulación de platos
en forma de torre.
Hace unas semanas leí en una escueta nota de prensa que una emblemática tienda de fiambre y cafetería, echaba el cierre en Madrid tras cincuenta años de historia.
Pensando en que podía tratarse de un bulo llamé por teléfono al establecimiento y cuando conseguí hablar con alguien, me estremecí ante los reproches que lanzaba sobre mí una enojada dependienta. Me echaba en cara que si cada persona que llamaba ahora para lamentar que cerraran hubiera ido a comprar en su momento, no habrían llegado a esa situación. Antes de que me colgara precipitadamente, apenas pude argumentar que era una de mis tiendas favoritas cuando vivía en aquél barrio.
Me impresiona hondamente que negocios de proximidad con tanta solera se vean abocados al cierre. Resisten, en una suerte de trinchera burbuja, hasta que se precipita su caída, como le ocurrió en 2018 a La Madrileña, emblemática tienda de salchichas y embutidos alemanes fundada en 1909, convertida de la noche a la mañana en una cafetería.
Durante los años que viví en el centro de Madrid, pude disfrutar de referentes comerciales únicos, como la tienda del corcho, hoy devenida, al igual que otras muchas, en tienda de souvenirs (curiosamente también estas hoy, quién lo iba a decir, al borde de la clausura).
Condicionantes pandémicos indiscutibles como la ausencia de transeúntes, el cierre de bares de la zona, el teletrabajo de oficinistas y funcionarios junto con el auge exponencial de los pedidos a domicilio, han contribuído a que establecimientos como FERPAL tengan que cerrar.
Pero que hay de aquellos factores prepandémicos, endémicos diría yo, fraguados años antes, que marcaron la senda de la transformación imparable del centro de Madrid en una gran atracción de feria, plagada de escaparates con souvenirs y locales de hostelería*. En ese devenir no se contó con unos hostigados vecinos que asistían a la sustitución, una por una, de sus tiendas de siempre por otras supérfluas, viéndose impelidos en definitiva a comprar, hasta lo más básico, en un único sitio, el supermercado de unos grandes almacenes de la zona. El cambio de gustos y de tendencia a comprar todo en un mismo lugar, estaba servido: La puntilla que acabaría de rematar a establecimientos como FERPAL.
Retomando lo que quise haber terminado de contarle a la ofuscada dependienta antes de que me colgara el teléfono, es que, de haber podido seguir viviendo en el centro, habría seguido comprando en Ferpal, y en tantos otros pequeños negocios que se fueron al traste. De no haber sido porque una desmesurada subida en el precio del alquiler, me invitó a marcharme de la noche a la mañana. Y mucho me temo que mi caso no fue el único: el tejido residencial del centro, en su mayoría ficticio y estacional, dejaba al descubierto que un debilitado y mermado vecindario autóctono no podía reflotar en solitario este tipo de establecimientos.
Pegada sobre el escaparate de FERPAL, ya sin vida, hay una nota manuscrita de un vecino mayor del barrio y asiduo cliente, lamentándose del cierre y dejando patente que echará de menos acudir cada día a su tienda de toda la vida, de la que difícilmente se podrá olvidar.
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*No es mi intención entrar a juzgar aquí el delicado asunto de lo que deben vender o en loque deben reconvertirse los pequeños negocios para intentar salir adelante. Recomiendo el artículo https://www.eldiario.es/madrid/somos/noticias/cierre-ferpal-desaparicion-tiendas-barrio-corazon-madrid_1_7224011.html
marcados por la abstiencia,
sobre el tapete azul inmenso
un fino cuerno traslúcido
va siendo llenado
en una suerte de incesante barra libre
cada noche.