martes, 16 de diciembre de 2025

Tengo mi dolor limpio

Tengo mi dolor
limpio de tanto lavarlo
con los puños de mis propias manos.

Lo hice día tras día.
Una y otra vez iba yo con el oscuro paño de mi pena
a las fuentes del llanto.

Lo aclaraba a conciencia y
lo tendía luego al sol
dejándolo escurrir
-sobre mis mejillas-.

Y fue así como, lentamente, se tornó
menos negro cada vez
aquél tinte
que impregnaba la tela que envolvía mi dolor

Temor escénico

No he conocido, ni creo que exista, otro temor escénico
real más grande
que el miedo constante y prolongado ante una defunción anunciada.
Lo peor está siempre por llegar.

Mas, cuando puntual acude la muerte
exigiendo -a deshora- una representación del tercer acto,
en esa última escena,
donde no hay vuelta atrás para el que muere
ni huida posible para quien se ha salvado,
el miedo escénico se le quita a una de pronto,
-de puro espanto-.

Y, sin saber cómo,
recuerdas entero el inaprendido texto de la despedida, del adiós, que habrías de pronunciar
y cuyas exactas palabras nunca antes ensayó tu voz.

Luego cae el telón.
Y todos aplauden y vierten consternados sus respectivos
llantos de emoción.

A partir de ese momento el -hasta entonces hospitalario- mundo
se te vuelve inhabitable.
Y ya solo resta vivir con el quebranto de estas tristes tablas el resto de tu vida
pero también,
vivir el resto de tu vida
-que es lo que yo actualmente hago-.



miércoles, 12 de noviembre de 2025

Aromas ancla. La goma de borrar de nata.

En los primeros años de escuela recuerdo que cuando borraba*, lo hacía con mucha alegría, quizá con demasiada, porque disfrutaba del hecho mismo de hacerlo, era muy loco ver cómo desaparecían los garabatos del lápiz bajo el puño de mi goma; Gastaba un montón de borradores porque los utilizaba a troche y moche. 

Poco después, empezó a ser un fastidio tener que hacer un uso obligado de la goma, sobre todo en matemáticas, cuando los continuos errores clamaban remedio desde la hoja del cuaderno. 

Sin embargo, utilizar gomas de nata** era un aliciente, y el proceso de borrar se convertía en algo menos tedioso; Se deslizaban sobre el papel sin arrugarlo, como sí ocurría con las gomas de miga de pan, y tampoco dejaban tras de sí los típicos nubarrones de grafito. Solo cuando empleaba el lapicero con demasiado ahínco  _pensando que esa vez iba a ser la buena, pero no, había que volver a borrar_, entonces sí quedaban a la vista todos los pentimenti***.   

 Además, las gomas de nata, desprendían aquél maravilloso, característico e inconfundible aroma, sobre todo recién estrenadas. Venían envueltas, como hoy día,  en un papel celofán que las dotaba de un caché especial. 

Eran las más cotizadas en clase. En el colegio el material escolar era de uso común, y los bolígrafos, lápices, pinturas de colores, rotuladores y gomas se distribuían por categorías en cestas de plástico. Cada alumna cogía los utensilios que necesitaría durante la jornada y al final del día los depositaba de nuevo en su lugar. Las gomas de nata eran las primeras que desaparecían de la cesta. 

Tiempo después se popularizaron las novedosas gomas de borrar traslúcidas, de colores y aromas exóticos que una no podía dejar de oler, o al menos no hasta que se desvanecía su peculiar y atrayente aroma.  Este tipo de gomas no las teníamos en clase, tampoco disponíamos de gomas para borrar tinta, ni de lápices con goma incorporada. 

Sigo teniendo una confesable predilección por las gomas de borrar, las tengo de diversos tipos y tamaños, incluso una, que está muy gastadita ya, tiene unos años, pero me parece lo más, porque lleva un sacapuntas incorporado. 


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* Borraba. No tiene desperdicio el artículo escrito por Seño Punk:  "El día que secuestré la goma de borrar":   https://entreactividadesinfantiles.wordpress.com/2016/10/05/el-dia-que-secuestre-la-goma-de-borrar/

** Nata.  Las gomas que utilizábamos eran la marca Milan. Las de nata fueron creadas en 1964 y siguen siendo a día de hoy las más icónicas. (Milan es una empresa española conocida popularmente por su material de papelería, sobre todo por las icónicas gomas de borrar. Fundada en 1918 por las familias Marcó y Milán, con sede en la comarca del Bajo Ampurdán (Gerona).

***Pentimenti. En este caso entiéndase como intentonas que quedaban marcadas a modo de surcos visibles sobre la hoja. 

jueves, 7 de agosto de 2025

In memoriam. Maria Emilia Martínez Fresneda.

Buscando en Internet* alguna información sobre mi antigua profesora de Griego, María Emilia Martínez Fresneda**, recibí un mazazo en forma de "in memoriam" escrito por su amiga y colega, Pilar Jiménez Gazapo, también profesora mía de Latín en aquellos años de instituto.

Lamento si "Carmencita" (como cariñosamente se dirigía a mí) no ha sido para ella a lo largo del tiempo uno de sus alumnos "memoriosos" a que hacía mención Pilar en el panegírico*** (cuya lectura recomiendo).

De treinta y nueve alumnos que componían aquél curso de segundo de B.U.P.****, en la clase optativa de griego pasábamos a ser solo cinco, y todo chicas. 

Es decir, aunque en la práctica fueran auténticas y fascinantes clases particulares, ninguna de nosotras, llevábamos especialmente bien con quince años, el hecho de no poder pasar desapercibidas ni un solo instante. Y, para más inri, todas estábamos sentadas frente a María Emilia en una única y primerísima fila.  

Recuerdo con especial cariño la pulcritud y la pasión que ponía cuando nos enseñaba.

De hecho, a través de sus clases, nos hizo entrega a cada una de una lupa invisible, que atesoraríamos de por vida, con la que desentrañar la etimología de cualquier vocablo grecolatino y extraer su significado último. Palabras como Dorotea (regalo de Dios),  semáforo (el que lleva la señal), propina (para beber), hipopótamo (caballo de río) y un larguísimo etcétera. Tampoco se nos resistían ya (lupa en mano) las "alfa privativas" presentes, por ejemplo, en Atanasia (la inmortal), amazona (sin pecho), agonía (sin lucha).

Y luego hay anécdotas como la antológica frase aquella que nos mandó traducir (sobre Temístocles):  "ὁ δἡμοσ ανο καθετο", cuya pronunciación en griego no dejó indiferente a nadie: "jo demos ano kaceto" (aunque su traducción desactivaba de inmediato cualquier bomba, pues no significaba otra cosa que "el pueblo estaba sentado arriba").

Me enorgullece pensar que buena parte de lo que soy se lo debo a Maria Emilia: mi pasión por los idiomas y la traducción, la etimología, los grandes clásicos, la interculturalidad, los viajes... Por eso la recordaré siempre con un cariño especial. 

Ella estaba entre los mejores de aquella célebre generación de docentes, punta de lanza, que allá por los años 80 comenzaron juntos su andadura en el recién inaugurado Instituto Príncipe Felipe. Enseñantes muy preparados y con una vocación enorme. Para muestra otro preciado botón, el inconmensurable Ángel Sánchez Gijón, (el padre de Aitana, la actriz), profesor mío de historia durante aquellos años de instituto,  desgraciadamente, también fallecido.  

La suerte de halo intemporal que envuelve a estos profesores hace imposible que el negro abismo de la muerte borre ni un ápice de aquél entusiasmo certero que nos inyectaron en vena, más allá (esta vez sí) de una mera transmisión de conocimientos. 

Gracias María Emilia

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*Buscando en Internet: Esta entrada data del seis de enero de 2021, revisada el siete de agosto de 2025.  

**Mención a María Emilia en la página web de la Sociedad española de estudios clásicos SEEC  https://www.estudiosclasicos.org/seec/fallecimiento-de-maria-emilia-martinez-fresneda/

***Panegírico completo  https://www.estudiosclasicos.org/wp-content/uploads/IN-MEMORIAM-M.E.MF4-04-2020.pdf    

****B.U.P.: Bachillerato Unificado Polivalente, sistema educativo instaurado en 1970 y puesto en marcha en 1975 junto con la E.G.B.(Educación General Básica), ambos quedaron definitivamente extinguidos en el curso académico 1999-2000 y 1996-97, respectivamente.

sábado, 2 de agosto de 2025

Aromas ancla. Primera infancia. Pino piñonero parte segunda


En mi primera infancia en el colegio me recuerdo siempre sentada de medio lado* en la silla de clase.

El motivo de tener siempre un pie apoyado en el suelo no era otro que disponer de la ventaja suficiente para bajarme de la silla, en un visto y no visto. 

Durante la clase, mi asiento no permanecía caliente mucho tiempo, me levantaba constantemente ya fuera para ir por las mesas reprendiendo a los niños para que hicieran sus tareas, mientras la mía permanecía intacta sobre mi pupitre, ya fuera para visitar a mi primo Andresito, que se encontraba  en el otro extremo del aula.    

Era un verdadero culillo de mal asiento y traía loca a la la señorita Amparo, una maestra septuagenaria que trataba de tenerme controlada sentándome en la primera fila.  

Cuando llegaba el momento del recreo, apenas había terminado de sonar el timbre y yo ya había salido disparada por la puerta para enfilar uno de los alargados pasillos con dirección al patio.

Ese recinto no era un espacio cualquiera, así que, plantarse allí lo antes posible suponía ocupar a solas el mejor sitio** hasta que llegaba el resto de niños.  

Durante la media hora que duraba el recreo me sentía presa de una libertad de movimientos sin igual. 

Saltaba y corría por un paraje plagado de pinos, cuyo inconfundible aroma iba pasando, sin más, junto con el de la tierra removida, por mis pulmones. 

Esas notas perfumadas llegaron hasta las puertas del albergue de mi cerebro donde les buscó alojamiento el mismísimo e ilustre grabador de aromas y emociones.  



  

 

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*Mi madre da fe de mi sempiterna obsesión por estar sentada de medio lado cuando era pequeña, y no solo en la escuela. Esto respondía a la necesidad perentoria de estar lo más cerca posible del suelo para echar a correr en cualquier  momento hacia cualquier lugar. 

** El mejor sitio era sin duda el que ocupaba el mapa de la Península Ibérica en relieve. (Detalle de la maqueta del relieve de la Península Ibérica situada justamente detrás del antiguo pabellón de vestuarios del antiguo Colegio Andrés Manjón).

(Foto: F. Lorca, 2010)

viernes, 7 de marzo de 2025

Radiografía de la compra de un Donut. Retransmitiendo desde la infancia.

Muy de cuando en cuando compraba un donut

y disfrutaba de la ocasión especial  de 

principio a fin.

No se trataba solo de conseguirlo y ya. 

Nada de eso.

Probablemente, salir triunfante donut en mano, comparado con el resto de 

micro experiencias,  que me llevaría puestas, era lo menos importante. 

Y es que, el hecho mismo de traspasar el umbral de la panadería, esta vez como 

protagonista desde la perspectiva interior, 

pero sin abandonar mi papel de tenaz observadora,

ya era fascinante.

Formar parte de una cola, 

seguir las idas y venidas del dependiente...

Y aunque todo el proceso se desarrollaba en segundos,

cuando me tocaba el turno

mi mente lo registraba todo a cámara lenta:

ver cómo las bonitas pinzas de acero inoxidable con los extremos floriformes

sobrevolaban la bandeja para escoger mi donut 

y  depositarlo sobre el mostrador donde le aguardaba un tosco pliego de papel

marrón.

Y, durante el breve lapso que el dulce permanecía a la vista antes de ser envuelto,

mi cabecita había mapeado ya la orografía del que sería mi

donut hasta el más mínimo detalle:

un delicioso país redondo 

con una superficie plagada de lascas de azúcar glaseada aquí y allá.

Y como colofón final, el espectacular ritual de empaquetado:

el donut ocupaba el centro del papel

y el dependiente lo tapaba haciendo coincidir en dos picos

los cuatro extremos de cada lado del pliego 

y, con los dedos índice y pulgar de ambas manos,

daba dos o tres rápidos giros de 360 grados

hasta que los dos filos de la hoja 

quedaban completamente retorcidos.

De este modo el delicado dulce permanecía completamente resguardado  

en su interior.  

Y entonces el donut ya estaba listo para llevar (a cambio de 5 pesetas*),

y con él todas

esas sensaciones mucho más valiosas que 

atesoro intactas.

 

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* 5 pesetas equivalían a 3 céntimos de euro.

 

viernes, 28 de febrero de 2025

Donuts versus manzanas, primera Parte. Retransmitiendo desde la infancia

Con el tiempo he sabido comprender 

de dónde viene 

esa capacidad que tengo para detenerme ante las vitrinas de una pastelería 

simplemente para deleitarme

con todo lo que veo, sin necesidad de entrar a comprar nada.

Cuando era muy pequeña

pasaba cada mañana con mi madre y mis dos hermanos

por una panadería que había camino del colegio.

Yo siempre me adelantaba, era lo más

poder disponer de unos instantes extra 

para contemplar aquellos apetecibles 

donuts* recién colocados en el escaparate, antes de que mi madre me alcanzase

y me cogiera de la mano para volver a explicarme que ya teníamos las manzanas para el recreo

y que no era posible gastar cada día 15 pesetas** en tres donuts. 

A pesar de esto, no quedaba hueco alguno en mí para la frustración,  porque,

la sensación de haberlos contemplado hasta el detalle 

y de imaginarme a mí misma paladeando cada bocado, era tan real y agradable, 

que me llenaba tanto como si, verdaderamente, me los hubiera comido.  


  

*Donuts. Hace más de 60 años que este simple y novedoso dulce había pasado a ser muy popular en España. Era uno de los bollos estrella que no podía faltar en las panaderías. Bayonesas, pepitos y palmeras, eran sus compañeros de escaparate.  

**De pequeña me gustaba quedarme con el precio de las cosas. El de los donuts lo recuerdo como si fuera ayer: cinco pesetas costaba un donut de azúcar y ocho pesetas uno con cobertura de chocolate.

martes, 25 de febrero de 2025

Foto fija del momento de entrada al colegio (Serie: retransmitiendo desde la infancia)

 Foto fija del momento de entrada al colegio

 

Al edificio se accedía por dos imponentes puertas en forma de arco,  

sobre cada una de las cuales había dos enormes carteles 

 "NIÑAS"  (rezaba el de la izquierda) y "NIÑOS" (el de la derecha), 

por este motivo se formaban  dos filas diferenciadas para entrar.

 

Era el momento en el que yo** debía soltar automáticamente la mano de

mi primo  Andresito***

para que cada uno atravesara su puerta correspondiente, aunque  

en seguida nos volvíamos a reunir en el interior

para dirigirnos apresuradamente a la misma clase. 

En más de una ocasión fui reprendida por atravesar, tan campante, la

puerta destinada a mi primo. 



* Antiguo Colegio Andrés Manjón, hoy Giner de los Ríos, sede de la UNED, (la biblioteca sigue llamándose Andrés Manjón).

https://www.rtve.es/play/videos/uned/uned-luz-dura-sin-compasion-movimiento-fotografia-obrera-1926-39-ii-080711/1148507/ 

**   Mi "yo" a los cinco años de edad. 

*** Solíamos llegar juntos cuando confluían nuestros pasos en un cruce cercano al colegio.