viernes, 7 de marzo de 2025

Radiografía de una compra de Donut. Retransmitiendo desde la infancia.

 

Cuando me compraban un donut, disfrutaba de la ocasión especial  de 

principio a fin.

No se trataba solo de conseguirlo y ya. 

Nada de eso.

Probablemente, salir triunfante donut en mano, comparado con el resto de 

micro experiencias,  que me llevaría puestas, era lo menos importante. 

Y es que el hecho mismo de traspasar el umbral de la panadería  como 

protagonista sin abandonar mi papel de tenaz observadora 

esta vez desde la perspectiva interior,

ya era fascinante.

Formar parte de una cola, 

seguir las idas y venidas del dependiente...

Y, cuando llegaba mi turno, aunque todo el proceso se desarrollaba en segundos,

mi mente lo registraba todo a cámara lenta:

las bonitas pinzas de acero inoxidable con forma de flor en cada extremo

cobraban protagonismo al sobrevolar la bandeja y escoger un donut 

para depositarlo en el mostrador donde le aguardaba un tosco pliego de papel

marrón.

En el breve lapso que el dulce permanecía a la vista antes de ser envuelto,

mi cabecita ya había mapeado la orografía del que iba ser mi

donut hasta el más mínimo detalle:

un delicioso país redondo 

con una superficie plagada de lascas de azúcar glaseada aquí y allá.

Y el colofón final era el espectacular ritual de empaquetado:

una vez que el donut ocupaba el centro del papel

el dependiente hacía coincidir en dos picos los cuatro extremos de ambos lados en 

vertical, y, seguidamente, con los dedos índice y pulgar de cada mano daba dos o tres 

rápidos giros de 360 grados con el donut dentro hasta que los dos filos del papel 

quedaban retorcidos.

De este modo el delicado dulce permanecía completamente resguardado  

en su interior.  

Y entonces el donut ya estaba listo para llevar (a cambio de 5 pesetas), y con él todas

esas sensaciones mucho más valiosas que 

atesoro intactas.

 

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