Mención aparte merecen aquellos platos
que en sus cuerpos lozanos lucen alguna cicatriz.
Tengo en mente uno hondo beige -precioso-
con el borde rematado en azul cobalto
que se vino conmigo desde Portugal.
A pesar de que extremé todas las precauciones
para que llegara sano y salvo del viaje,
nada más entrar en el recibidor de casa
solté de pronto la bolsa donde venía
cuidadosamente envuelto.
Y, aunque la distancia con respecto al suelo era corta,
fue suficiente y el hondo suspiro característico del hogar dulce hogar que pude
emitir, fue cortado en seco por el chillido
en forma de crash de mi pobre plato.
Por suerte mi compañero de vida se apresuró a ofrecerse a recomponerlo.
Hizo un fantástico trabajo.
Los japoneses llaman Kintsugi al arte de recomponer una pieza
rota a partir de los añicos, otorgando belleza a la costura que
los une.
En el caso del plato que nos ocupa se aprecia una levísima
línea de unión, cual lindo riachuelo discurriendo
libre por su cuerpo lozano.

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